jueves, agosto 13, 2009

Gran victoria

Hacía mucho que lo merecían. Todo parecía estar en su contra pero lo lograron. Por fin. El estrés de días, meses, años incluso, se evaporó y esos mexicanos lograron un poco de justicia: el día de ayer la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió liberar a 20 indígenas implicados en la matanza de Acteal.

El 22 de diciembre de 1997, en Acteal -Chenalhó, Chiapas-, 45 indígenas tzotziles fueron asesinados, entre ellos 18 niños y 22 mujeres. Después, con efectividad y rapidez inusitada, la Procuraduría General de la República (PGR) del sexenio de Ernesto Zedillo concluyó que fue un enfrentamiento entre grupos locales, por lo que encarceló a varias decenas de individuos del mismo grupo étnico, entre ellos a las veinte personas que hoy, luego de once años, salieron del penal El Amate a las tres de la mañana.

"Para nada debe entenderse que son inocentes", aclararon los ministros de la máxima instancia judicial del país, la decisión está fundamentada en que la PGR obtuvo de forma ilegal las evidencias para aprisionarlos y que varios de los testimonios fueron fabricados, además de que a la mayoría de los sentenciados se les juzgó en español y sin un traductor oficial que les explicara las acusaciones en tzotzil.

Del otro lado, Antonio Arias y Mariano Luna -sobrevivientes del ataque- afirmaron que la SCJN está cometiendo un error al liberar a estas 20 personas porque ellos los identifican plenamente como autores materiales de la matanza. Pero el mayor pendiente es encarcelar a los autores intelectuales, porque todo indica que la matanza se decidió en las oficinas del gobierno federal de Zedillo.

Quizá quienes hoy han sido liberados sean culpables, algunos o todos, pero nuestro Poder Judicial está aceptando de forma oficial lo que ya todos sabemos: que la PGR y en general todas las instancias jurídicas del país pasan las leyes por alto y son capaces de sembrar evidencias e inventar testimonios. El éxito radica en que, a partir de aquí, nuestro aletargado sistema judicial puede sufrir un cambio para erradicar estas prácticas incriminatorias basadas en artilugios. Sin duda una gran victoria para la justicia mexicana.


Foto: Los funerales de las víctimas de Acteal. Tomada de pwrdf.org.

jueves, julio 23, 2009

El peatón

Uno de los poemas que escribió Jaime Sabines lleva por título El peatón, en él señalaba con humildad que prefería ser considerado un peatón cualquiera que un poeta. “En la calle nadie, y en la casa menos, nadie se da cuenta de que es un poeta”. Quizá prefería esa clasificación porque él era chiapaneco, en la ciudad de México los peatones tampoco existen. La capital mexicana no está hecha para personas, sino para unos seres inanimados que nos han conquistado y se hacen llamar “automóviles”.

En la poesía que hace la vida real, en México, se escribe segundo a segundo que el peatón debe apenarse por hacer que un carro se detenga, se dan las gracias en repetidas ocasiones cuando sucede ese milagro y hasta se dan pasitos cortos y rápidos para dejarle ver al amable conductor que se está inmensamente agradecido y no se desean causar más molestias. De no producirse este ritual el personaje que maneja el carro puede espetar un cálido “¡Si quieres pásate hincadooo!”.

Casi no existen los semáforos para viandantes y, donde los hay, tampoco existen. Es una de esas paradojas propias de la poesía más cruda y agresiva. Jaime Sabines fue quizá el más grande poeta que haya dado México, pero la poesía que sigue haciendo ya muerto me intriga: ¿Si en el Distrito Federal no existen los peatones, para esta ciudad Jaime Sabines jamás existió? Espero que no sea el caso.

De cualquier modo tengo confianza en que un buen día los que caminan dejarán de ser objetos ornamentales del ambiente urbano y serán considerados personas. “Eso es, dice Jaime, no soy un poeta, soy un peatón”, y esta vez me quedo echado en la cama, con una alegría dulce y tranquila.


Foto de Ricardo Carreón. Peatones cruzando la Avenida Reforma en la ciudad de México. Tomada de Flickr.

jueves, julio 09, 2009

Mi amiga China

“No, créeme, mi ciudad está muy cerca del Tíbet y yo te puedo decir que los tibetanos son gente muy violenta”, me dijo mi amiga china. “¿Segura? Porque en todo el mundo se tiene la percepción de que el agresivo es el gobierno chino”, la cuestioné sin sacarla de su primera posición.

“Lo que pasa es que les lavan el cerebro, el gobierno chino bloquea páginas de Internet, canales de televisión y todo tipo de mensajes que pudieran dañar la imagen de china”, me comenta otra amiga asiática. Pero no les importa qué se diga afuera, lo que les preocupa es cómo perciben los chinos a China, no más.

Y adentro, los más de dos millones de soldados chinos reprimen manifestaciones, no con toletes que dejan la piel morada por unos días, sino con bayonetas que dividen a una persona en dos. Lo acaban de hacer con la minoría Uighur matando cientos de personas, y lo harán otra vez sin dudarlo y sin dejo de remordimiento posterior. Y su gente, al estilo terrorífico de los Estados Unidos, cree firmemente que su gobierno actúa para defenderlos. ¿Qué pasará cuando China sea más poderosa que Estados Unidos y esté en posición de invadir tantos países como les plazca?

“¿Y estás consciente de que China será el próximo imperio del mundo?”, le pregunto a mi amiga china. Sí, responde. “Bueno, pues sólo espero que no sean peor que los Estados Unidos”. Y mi amiga china sonrió, sin decir palabra.



Foto de DPA. Una mujer uighur protesta por el arresto de su esposo y otros cerca de mil 400 hombres pertenecientes a la misma minoría étnica.