domingo, septiembre 05, 2010

La película más triste de la historia

La historia es, al final, la que nos sabemos, o la que creemos que es. Y en el caso de la historia del cine mexicano, jamás había visto una película tan triste como lo es El Infierno, de Luis Estrada.

Es triste no por su argumento, el cual no me parece ajeno a los titulares de los diarios o a las imágenes de los noticieros televisivos. No. Me parece triste por su tremenda oportunidad; porque muestra con una simpleza insuperable lo torcido de la sociedad mexicana desde las entrañas.

Estrada tuvo mucha capacidad para adentrarse en ese mundo del narco en el que todos los mexicanos somos especialistas, pero el cual pocos retratan de forma tan lúcida. Nos recuerda que lo único que quieren los mexicanos es vivir bien -lo que sea que eso signifique-, y tanto las personas con las riendas del país como las instituciones supuestamente creadas para dar seguridad social se pierden en su propia búsqueda del vivir bien.

Somos un país de instituciones rebasadas por una sociedad hambrienta de todo, por ciudadanos que desean poseer casi todo lo que ven que existe y lo que creen que va a existir.

Es triste escuchar a Chalino Sánchez, el cantante de corridos asesinado que en mi niñez logró emocionarme con sus historias de héroes descolocados, personas que desafían todo contexto social. Son vidas desaprovechadas por el México expulsor que sólo tiene ojos para sus consentidos.

Es la película más triste porque me recuerda que me tocó vivir un tiempo muy oscuro de la historia de México. A estas alturas habría preferido vivir la Revolución, al menos ahí se buscaba algo. Acá no. Acá son los balazos sin la causa, la vida no vale nada.

El legado de la época que nos tocó vivir es que en México los problemas se resuelven a lo bruto, a lo idiota.

Vaya pues mi reconocimiento a la película más triste de la historia del cine mexicano. Palmas para Estrada y su gente.


Foto: cartel de El Infierno.

jueves, julio 08, 2010

La manta de Vizcarra y los tacos Gobernador


Crónica publicada en El Universal el 7 de julio.

A las 19:00 horas del domingo 4 de julio salió a festejar. Los periodistas casi no lo dejaban caminar; los simpatizantes, que se contaban por decenas, sonreían con sinceridad, se abrazaban y parecían ver la gloria. No bastaba con uno, ni dos, había tres conjuntos musicales amenizando en la explanada de las oficinas del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en Culiacán, Sinaloa.

El todavía candidato llegó hasta un estrado enmarcado por una manta que tenía escrita la leyenda "Ganamos". "¡Aquí está el Gobernador electo de Sinaloa!", gritó un dirigente priísta del estado, presentando con extremo júbilo a Jesús Vizcarra Calderón. Los fotógrafos, camarógrafos, reporteros y simpatizantes se arremolinaron en torno a él, tanto, que la manta ya no cupo, se arrugó y ya no pudo aparecer en las fotografías.

"No hay duda -pensaba cualquiera al ver ese escenario- Vizcarra ganó". Lo que no sabían los seguidores del candidato priísta era que, en el hotel Lucerna, media hora antes, Mario López Valdez "Malova", había entrado a un salón repleto de periodistas -más que los que acompañaban a Vizcarra-, quienes ya habían escuchado los rumores: "cuatro puntos arriba Malova", "que Vizcarra ya corrió a su coordinador de campaña", "no, era su coordinador de prensa".

A Malova le brillaban los ojos, su mirada era la de quien llega a casa, tranquilo y seguro. La misma mirada que tenía cuando, seis horas antes, dijo que no podía dar cifras, pero ofreció a los reporteros invitarlos a comer tacos Gobernador.

En la mañana, a las 8:45 del mismo domingo, en una casilla ubicada junto a un canal al poniente de Culiacán, Vizcarra no quiso responder si estaba listo para ganar. Se le veía sonriente, como siempre, pero se rehusó a contestar si se sentía ganador. Quizá desde ahí comenzó todo.

Mientras afuera de las oficinas del PRI Vizcarra escuchaba los ritmos de tres bandas que le tocaban, simpatizantes de Malova se concentraron afuera de la Catedral. No eran muchos, pero con las banderolas que cargaban parecían una multitud.

Más tarde, en el Consejo Estatal Electoral (CEE) de Sinaloa la mesura era una constante, el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP) no arrojaba datos todavía, pero llamó la atención que la primer acta computada le diera 200 votos a Malova, contra 146 de Vizcarra.

Para las 22:00 hrs. el presidente del Senado, el perredista Carlos Navarrete, hablaba ya de una ventaja irreversible con el 25 por ciento de las actas registradas, mientras en otra área del Lucerna los abrazos para Malova seguían llegando en paquete.

El escenario no era así para Vizcarra. A las 23:00 hrs. las personas que antes gritaban de felicidad en las oficinas del PRI habían desaparecido. Reporteros, sólo uno. La manta de Vizcarra estaba sola, unas luces la acompañaban.

Al día siguiente, cuando la autoridad electoral había anunciado ya la ventaja de Malova, un señor le gritaba a otro que fuera a las oficinas priístas. "Están dando café y galletas en el PRI pa' que vayan a llorar con ellos", reía el señor que hacía rabiar al otro.

Entonces, el ambiente en la sede priísta era todavía más lúgubre, poca gente entraba y salía del edificio. Donde un día antes la gente del PRI celebraba, ya no había nadie. Y más importante aun, la manta de Vizcarra ya no estaba.


Fotos: Válek Rendón. La manta de Vizcarra en la explanada de las oficinas del PRI en Culiacán, Sinaloa, el domingo 4 de julio.

miércoles, julio 07, 2010

“La gente está muy dividida”

Crónica publicada en El Universal el 4 de julio, día de los comicios en Sinaloa para elegir gobernador, diputados y ayuntamientos.

“Está muy parejo, la gente está muy dividida”, me dice el hombre que conduce a mi destino, de nombre Alberto. En la capital de Sinaloa, Culiacán, está nublado, pero el calor que ronda los 30 °C se siente apenas baja uno la ventanilla.

“Pues Sinaloa siempre ha sido priísta -continua platicándome el taxista- aquí es el PRI, pero ahora quién sabe porque los otros también son del mismo partido, nomás que se pasaron al PAN”. Las patrullas de la policía municipal, de modelo muy reciente, se dejan ver a cada instante por las calles de una de las ciudades más violentas de México.

“Pero no me haga caso, yo tengo seis meses aquí en Culiacán, yo vivía en Arizona”, me toma confianza Alberto, de piel blanca, delgado, cabello dorado pero escaso y, según me contó más tarde, de 52 años de edad y separado de su esposa, quien vive en California. “Yo lo que veo es que pierda quien pierda ninguno lo va a aceptar -hace una pausa, sonríe-, van a decir que fue fraude”.

Llama la atención la presencia de pendones propagandísticos prácticamente en cada poste de las calles por las que pasamos, tanto de Jesús Vizcarra -PRI, PVEM y Nueva Alianza- como de Mario López Valdez ‘Malova’ -PAN, PRD y Convergencia-. El sol ya no se ve, pero apenas se acerca uno al Consejo Estatal Electoral (CEE), autoridad encargada de organizar los comicios de este domingo, se percibe el ambiente propio de cuando algo importante está por suceder.

Afuera, la seguridad es discreta, y adentro hay personal preparando el área de prensa, reporteros de una televisora se aprestan a hacer un enlace desde la sala donde, muy probablemente, mañana por la noche se anuncie quién lleva la delantera en la carrera por el gobierno del estado.

“El que gane, da lo mismo”, me dice un señor que atiende una carreta convertida en taquería. “Para ellos será bueno si ganan, pero ¿a nosotros qué? Para nosotros todo sigue igual”, comenta el hombre, de bigote ancho, con gesto duro.

Toda la familia trabaja ahí. Además del señor están la madre y dos de sus hijos, adolescentes. “Deme una quesadilla, pero morrita, no traigo mucha hambre”, solicita un cliente. “Lo bueno es que el lunes ya vamos a descansar -interviene la señora en la conversación mientras su esposo corta la carne- día y noche anuncios en la televisión, mensajes por celular, hablan por teléfono a la casa, n’ombre es una barbaridad”, me dice, molesta.

“Desde las seis de la mañana están hablando por teléfono”, comenta uno de los hijos. El padre interrumpe sus movimientos con el cuchillo, alza la mirada hacia mí. “Eso ya es una falta de respeto ¿no cree? Y son máquinas que lo despiertan a uno nomás pa’ decirle por quién votar”, me platica el señor.

“Yo tengo conocidos -dice el mismo hijo- que les dan 200 pesos por llevar una hoja llena de teléfonos celulares. Fácil me han llegado unos 15 mensajes”. ¿Y tú les diste tu número de teléfono? “Sí, pues por hacerle el paro a los amigos”, cuenta el muchacho ojiverde, mientras sirve un agua de cebada.

El ayudante de la taquería, un hombre de unos 45 años edad, moreno, robusto, de más de 1.80 metros de alto, añade convencido: “pues aquí es el PRI, pero fíjate, los mismos priístas dicen que quien gane, va a ganar por muy poco. Y es raro porque la misma gente que votó por Vizcarra para la Presidencia Municipal de Culiacán, priístas de hueso colorado, ahora andan con Malova y con el PAN”.

¿Y usted quién cree que va a ganar?, cuestiono al jefe de la familia, quien me responde preguntándome lo mismo, esta vez asomando una sonrisa. “Luego se pelean -comenta la señora- muchachillas y muchachos ¿eh?, aquí nos ha tocado escuchar cómo agarran pleito a gritos porque unos apoyan a uno y otros al otro. Se apasionan”, dice.

En Culiacán nadie se atreve a dar por ganador a algún candidato. En lo único que los culichis coinciden es en el deseo de que ya concluya este proceso electoral y, aún más importante, en que los sinaloenses están muy divididos. “Pues que gane el mejor para Sinaloa”, dice la señora, a lo que su esposo responde “¿Y cuál es ese?”.


Foto: Válek Rendón. El centro de Culiacán, el domingo 4 de julio poco antes de la medianoche.