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domingo, septiembre 05, 2010

La película más triste de la historia

La historia es, al final, la que nos sabemos, o la que creemos que es. Y en el caso de la historia del cine mexicano, jamás había visto una película tan triste como lo es El Infierno, de Luis Estrada.

Es triste no por su argumento, el cual no me parece ajeno a los titulares de los diarios o a las imágenes de los noticieros televisivos. No. Me parece triste por su tremenda oportunidad; porque muestra con una simpleza insuperable lo torcido de la sociedad mexicana desde las entrañas.

Estrada tuvo mucha capacidad para adentrarse en ese mundo del narco en el que todos los mexicanos somos especialistas, pero el cual pocos retratan de forma tan lúcida. Nos recuerda que lo único que quieren los mexicanos es vivir bien -lo que sea que eso signifique-, y tanto las personas con las riendas del país como las instituciones supuestamente creadas para dar seguridad social se pierden en su propia búsqueda del vivir bien.

Somos un país de instituciones rebasadas por una sociedad hambrienta de todo, por ciudadanos que desean poseer casi todo lo que ven que existe y lo que creen que va a existir.

Es triste escuchar a Chalino Sánchez, el cantante de corridos asesinado que en mi niñez logró emocionarme con sus historias de héroes descolocados, personas que desafían todo contexto social. Son vidas desaprovechadas por el México expulsor que sólo tiene ojos para sus consentidos.

Es la película más triste porque me recuerda que me tocó vivir un tiempo muy oscuro de la historia de México. A estas alturas habría preferido vivir la Revolución, al menos ahí se buscaba algo. Acá no. Acá son los balazos sin la causa, la vida no vale nada.

El legado de la época que nos tocó vivir es que en México los problemas se resuelven a lo bruto, a lo idiota.

Vaya pues mi reconocimiento a la película más triste de la historia del cine mexicano. Palmas para Estrada y su gente.


Foto: cartel de El Infierno.

jueves, febrero 12, 2009

Sobre su guerra contra el narco



Su guerra. Porque no es mía ni del pueblo mexicano. Es del gobierno federal, esa partida de funcionarios que prefiere gastar en armamento que en educación; son ellos quienes prefieren un plan irracional, como es atacar la violencia con violencia, sobre uno más humano y de efectos duraderos. Quizá porque el segundo implicaría más trabajo para los burócratas.

Mientras haya música hay fiesta. Y si en Estados Unidos y en México mismo, la tonada que altera los sentidos sigue siendo bien recibida, quienes la producen seguirán teniendo mucho trabajo para calmar las ganas de poner la mente a bailar. Y si no quieren que sea así, pues que cambien el sistema socioeconómico para eliminar la proporcionalidad entre la demanda y la oferta, al cabo son especialistas en planes alocados.

Hace unos años, no recuerdo de quien (creo que de Ignacio Solares), leí que al enemigo hay que salirle de una forma que no espera. Es decir, si en este caso para el narco las armas y los asesinatos son un estilo de vida, éste espera que se le responda con modos similares, por lo que, mucho más efectiva y perdurable podría ser una estrategia educativa y de salud pública que busque atacar el origen, que es la adicción a las drogas.

Lo anterior en México, si en Estados Unidos no buscan disminuir el consumo –porque no quieren, es un negocio millonario allá también–, pues mejor para nuestro país porque, yendo más lejos, aunado a la campaña de educación y rehabilitación, se podría salirle al narco de un modo que no espera reconociendo en él a ese empresario exitoso que ya es, el cual usa pistolas, además de porque le gusta, porque se le persigue, como se perseguía a los productores y distribuidores de alcohol hace no mucho en las calles de Chicago.

Para ello, podríamos tomar la sugerencia de legalizar la mariguana que ayer hizo Ernesto Zedillo, de quien no se entiende por qué no lo propuso cuando era presidente de México. Entonces, los capos –ya instituidos en empresas con nombres como Viajes El Chapo S.A. de C.V. o La Planta Sagrada S.A. de C.V. – tendrían que pagar, como todos los demás negocios legales, impuestos para la educación, la salud y el desarrollo social. Sin perder de vista que lo anterior no quita que se les juzgue también por sus crímenes hasta ahora cometidos.

Sería positivo aprovechar este momento, especialmente porque Barack Obama, con su propia voz, aceptó haberle dado unos jalones a esta droga cuando joven. No tendría autoridad moral para oponerse. Pero no, al gobierno mexicano le tiemblan las piernas, se pierde imaginando la respuesta de su par en Washington DC. Se pierde en ese laberinto que se construyó a sí mismo y del que ahora no sabe cómo salir. Y mientras, los ciudadanos, recibimos como su mejor respuesta la brutalidad de la artillería, militares con licencia para matar y el sacrificio de personas inocentes.


Por Válek Rendón