lunes, mayo 16, 2011

La tiza se le rompió a Calderón

Publicado en Educación a Debate.

Elba Esther Gordillo, presidenta nacional del SNTE, se dirige a tomar su lugar, pero se le dificulta caminar, dice que tiene un esguince por probarse unos zapatos, una lesión “de vanidad”.

La maestra va lento, con cautela. Ante ello, el titular de la Secretaría de Educación Pública (SEP), Alonso Lujambio, le tiende su brazo, del cual ella se cuelga y caminan juntos, como andan los novios hacia el altar.

Sin embargo, poco después se presentan señales encontradas. Apenas se sienta Gordillo a la mesa, el presidente Felipe Calderón mira al lado opuesto, parece no querer cruzar la mirada con ella.

El desayuno en el piso superior del Castillo de Chapultepec es privado, sólo están Calderón, su esposa Margarita Zavala, dirigentes de la SEP, la cúpula del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y un par de decenas de maestros invitados que incluyeron en la foto del recuerdo. En total no deben ser más de 60 personas.

Por fin, Elba Esther le comenta algo a Calderón, él responde que no y agita su mano derecha un poco antes de volver a encargarse del omelette con queso y los frijoles.

Entonces Lujambio interviene con una plática que, a la vista, provoca armonía en la mesa, quizá recuerda su discurso previo donde habló de transformar a México desde la educación. La tensión se libera y terminan el desayuno entre sonrisas discretas.

Ya en el acto oficial, en el Patio de Armas del Castillo, los invitados al desayuno se suman a algunas decenas más de maestros y a la prensa. Elba Esther toma el micrófono y asume un discurso en el que habla de encuentros y desencuentros con Lujambio, de la necesidad de mejorar la calidad de la educación en México y, viendo los ojos de Calderón, termina diciendo: estamos con usted, señor presidente.

Calderón, una vez en el estrado, le agradece. “Le tomo la palabra”, dice el mandatario al coincidir con Gordillo en la necesidad de una evaluación universal del magisterio mexicano.

Ahí, entre docentes, dirigentes sindicales y funcionarios, una maestra recibe una llamada telefónica, su celular tiene una calcomanía del partido Nueva Alianza en el dorso y es inevitable ligarlo a las palabras de otra profesora.

“Nosotros somos de la Sección 36… no es la más grande, pero sí la más fuerte, la más combativa políticamente”, me comentó la dirigente sindical del área circundante al Distrito Federal.

Los acuerdos y desacuerdos entre Calderón y Gordillo van y vienen, hoy tocan sonrisas. La maestra Elodia Cámara Canul -una de los seis galardonados con el premio Ignacio Manuel Altamirano- los puso de buenas al comenzar su discurso en maya.

Cuando se anuncia que el presidente Calderón cancelará un timbre postal por el Día del Maestro, Lujambio va hasta la silla de Gordillo Morales y la invita a subir también. Otra vez le tiende el brazo y le ayuda con su esguince “de vanidad”.

Mientras ella va despacio hasta el estrado, Calderón toma una tiza blanca, sonríe como niño travieso y escribe algo ilegible sobre uno de los dos pizarrones en los que se lee “Feliz Día del Maestro”. Los docentes presentes ríen, complacidos de que el presidente pruebe lo que es trabajar con las herramientas habituales del aula mexicana. “Es el gis, los materiales siempre son malos”, se escucha de una maestra.

Ante el contratiempo, Calderón toma otra tiza, ahora color azul, pero ésta tampoco deja su marca firme sobre el pizarrón. Y para colmo, el gis azul se parte por la mitad. ”Mmmm”, exclaman los maestros mientras el propio Calderón busca el pedazo faltante en el suelo.

Al final, con gran trabajo, Calderón deja ver que su intención era ponerle un diez de calificación a los maestros. Lástima que se le rompió la tiza.


Foto: Educación a Debate

lunes, abril 25, 2011

La vida real está afuera

Hay personas a las que se les va la vida pensando que su enemigo está junto a ellos, que los rodea e intenta lastimarlos. No se dan cuenta de que el verdadero rival para quienes piensan así, está dentro de sí mismos.

La competencia está afuera, lo he dicho ya, pero se nos olvida. Nos perdemos en la añoranza del pasado, reclamamos palabras que nunca se dijeron, no somos capaces de vernos a los ojos porque nos da miedo descubrir lo que somos.

Todo acto humano, todas las ideas, todas las estructuras, son aprendidos. En algún lugar de nuestras lacerantes sociedades nos enseñan a inventarnos fantasmas que nos acosan para creer que la vida vale la pena, que hay algo contra qué luchar. La realidad es que ya no hay grandes objetivos sociales ni grupales, nos dijeron que eso ya no sirve y lo creímos, nos convencieron de que lo mejor es ensimismarse y tomamos a la codicia por guía. Así nadie podría lastimarnos. Y olvidamos de esta manera cómo tratar con el otro.

La cosa no es así. El problema no existe hasta que así lo decidimos, y nos hemos alienado a tal punto que ya ni siquiera cuestionamos nada, como si todos debiéramos sentir y pensar lo mismo según una situación aparentemente conocida.

Si tuviéramos la capacidad de reconocer a nuestros fantasmas, los que nos comen por dentro, sabríamos que lastimamos a los otros porque tememos volver a llorar como cuando niños.

El enemigo inventado es más poderoso no porque tenga más fuerza, sino porque nos golpea con nuestra propia inercia. La vida, la competencia de verdad, está afuera. Allá las miradas te acosan y hay que saber moverse. El hermano, el que está adentro, el que conoce dónde dormimos, el que sabe de dónde venimos, el que nos ha visto llorar, no es competencia. La vida real está afuera.


Foto: tomada de www.grupombr.com.mx

domingo, septiembre 05, 2010

La película más triste de la historia

La historia es, al final, la que nos sabemos, o la que creemos que es. Y en el caso de la historia del cine mexicano, jamás había visto una película tan triste como lo es El Infierno, de Luis Estrada.

Es triste no por su argumento, el cual no me parece ajeno a los titulares de los diarios o a las imágenes de los noticieros televisivos. No. Me parece triste por su tremenda oportunidad; porque muestra con una simpleza insuperable lo torcido de la sociedad mexicana desde las entrañas.

Estrada tuvo mucha capacidad para adentrarse en ese mundo del narco en el que todos los mexicanos somos especialistas, pero el cual pocos retratan de forma tan lúcida. Nos recuerda que lo único que quieren los mexicanos es vivir bien -lo que sea que eso signifique-, y tanto las personas con las riendas del país como las instituciones supuestamente creadas para dar seguridad social se pierden en su propia búsqueda del vivir bien.

Somos un país de instituciones rebasadas por una sociedad hambrienta de todo, por ciudadanos que desean poseer casi todo lo que ven que existe y lo que creen que va a existir.

Es triste escuchar a Chalino Sánchez, el cantante de corridos asesinado que en mi niñez logró emocionarme con sus historias de héroes descolocados, personas que desafían todo contexto social. Son vidas desaprovechadas por el México expulsor que sólo tiene ojos para sus consentidos.

Es la película más triste porque me recuerda que me tocó vivir un tiempo muy oscuro de la historia de México. A estas alturas habría preferido vivir la Revolución, al menos ahí se buscaba algo. Acá no. Acá son los balazos sin la causa, la vida no vale nada.

El legado de la época que nos tocó vivir es que en México los problemas se resuelven a lo bruto, a lo idiota.

Vaya pues mi reconocimiento a la película más triste de la historia del cine mexicano. Palmas para Estrada y su gente.


Foto: cartel de El Infierno.